Madre del dolor. Sábado 25, 19 horas. Ana
María Czyzewski recibió a Naza en su casa, donde le contó la historia de su
familia y cómo perdieron a Paola.
Era apasionada. Muy determinante en sus
decisiones. Paola no era fácil… era algo tozuda. ¡parecida a mí! (…) Cortó
la tradición familiar de estudiar Ciencias Económicas y siguió Derecho. Había
llegado a la mitad de su carrera y quería celebrarlo con un viaje. Tiempo
después, en agosto, encontramos un sobre con sus cuentas: estaba juntando el
dinero (…) Con 21 años, tenía todo programado: ya sabía que quería tener dos
hijos, Kevin y José…”.
Las voces suenan y el recuerdo sigue intacto.
Paola aparece en cada rincón de este departamento que mira a la avenida Las
Heras. Aunque físicamente no esté, su presencia es cada vez más grande. Digamos
que el destino –si es que existe– le jugó una mala pasada. Más, si pensamos que
aquel día pisaba por primera vez en su vida la sede de la Asociación Mutual
Israelita Argentina.
Vamos en presente… Corren las primeras horas
del lunes 18 de julio de 1994. Ayer terminó el Mundial de los Estados Unidos,
que ganó Brasil. A las ocho de la mañana, Ana María Czyzewski (hoy 70) llega a
su trabajo en el primer piso de Pasteur 633.
Ella y su marido, Luis (hoy 71), son contadores
y ejercen como auditores de la mutual judía. Esa mañana, excepcionalmente, Ana
va acompañada por su hija Paola (21) en su primer día de vacaciones de
invierno. Su marido y su hijo Marcelo (entonces, 23) realizan una auditoría en
el cementerio de La Tablada.La tercera hija del matrimonio, Andrea (19),
concurrió a la Facultad de Ciencias Económicas.
Cerca de las 9.50, Ana María se separa de su
hija y sube al segundo piso, para enviar un fax con una información que
necesitaba su marido, pero no logra comunicarse. Afuera, una camioneta Traffic
se estaciona en el frente del edificio. Un chiquito de cinco años, Sebastián,
camina de la mano de su madre hacia el cercano Hospital de Clínicas. En la
vereda de enfrente, Chiesa, Galarraga y Bermúdez, dueños y empleados de una
imprenta, conversan en la puerta del local (A Chiesa lo va a salvar el
teléfono).
Mientras, Ana María descubre el origen de la
falla y llama a La Tablada: “Enchufen el fax, que está apagado y necesito
señal”. Logra la comunicación, recibe la señal y, cuando aprieta el botón
“send”, escucha un tremendo estruendo. “Pensé que había explotado una caldera
que estaban conectando. Cuando caminé hacia el centro del edificio, aparecí al
aire libre. Había volado la mitad de la sede de AMIA”, cuenta Ana en el comedor
de su casa de toda la vida. Al lado está Luis; en una punta, su hijo Marcelo,
que prefiere hacer silencio.
–Imagino que no bien viste el edificio
derrumbado…
Ana: …empecé a gritar, desesperada. Mi hija
había quedado en mi oficina. Cuando me sacan, la gente que estaba con ella me
dice: “Paola bajó a buscar un café”. Me di cuenta de que había ido hacia la
parte de Pasteur que se había derrumbado. Apareció un policía por la
alcantarilla y me convenció de salir. Me subieron a una escalerita de soga y
bajé caminando sobre los escombros.
Luis: Entonces, un periodista le prestó un
teléfono para que me llamara. Ella sostiene que me dijo: “Explotó una bomba. Yo
estoy afuera, Paola quedó bajo los escombros”. Yo sólo recuerdo que Ana gritaba
el nombre de nuestra hija…
–¿Cuánto tiempo pasó hasta que tuvieron
noticias de Paola?
Ana: Dos días, pero por impericia de la
Policía. Su cuerpo fue uno de los primeros que entraron a la morgue. Un médico
amigo estaba convencido de que ella estaba ahí, pero las huellas no coincidían.
El miércoles a la noche autorizaron a su dentista, que la reconoció por las
placas odontológicas.
–Después del atentado contra la Embajada de
Israel –el 17 de marzo de 1992– Paola le había dicho algo, ¿verdad?
Ana: Me pidió que no volviera a trabajar a
AMIA. El 18 de abril del ’94 fue la última amenaza que tuvimos… Ese día la
llamé, se lo conté y me dijo: “¿Cuántas veces te dije que no fueras más?”.
–Entendiendo que la pérdida de un hijo nunca
se supera, ¿cómo definirían el momento en que las heridas ya no están en carne
viva?
Luis: Vivís sabiendo que esta situación es
irreversible y la tenés que asumir. Hay personas que han muerto por no poder
superarlo. ¿Qué nos pasó a nosotros? Pasamos por una situación con la que
debimos aprender a convivir. De repente te aparece una mochila muy pesada, con
la que tenés que seguir caminando.
Ana: No es que uno no pueda volver a sentir
alegría, porque tenemos siete nietos, y son motivo de gran felicidad. Pero a mí
me pasa que cuando estoy viviendo una situación linda me pregunto: “¿Qué
hubiera costado que Paola estuviera presente”. Yo siento que el 18 de julio del
’94 me mataron un tercio de mi vida.
–¿Les sigue rondando la idea de que ella no
debería haber estado ahí?
Ana: Sí. Nunca lo pude superar. La culpa me
sigue acompañando por haber ido aquel día con Paola al trabajo. Era la primera
vez que entraba a la AMIA y no salió. Yo hacía veinte años que iba todos los
días… Es un sentimiento de culpa, no sólo por haberme salvado, sino por haber
salido caminando.
PARA NO OLVIDAR. El atentado contra la AMIA
segó 85 vidas y todavía sigue impune. “Nuestros muertos tienen nombre y
apellido: no deben ser un simple número”, dice Luis.
En 2003, tras un largo proceso, todos los
acusados fueron liberados y se volvió a fojas cero: “Ese juicio me hizo bajar
los brazos. Se rieron de nuestros muertos. Ya no creo en la Justicia”, lamenta
Ana María quien, sin embargo, fue una de las fundadoras de Memoria Activa,
organización creada para bregar por el esclarecimiento del criminal hecho.
Ahora, en esa búsqueda de no olvidar, aparece
un nuevo actor: el director Pablo Bustos Sack, que comenzó a trabajar en el
guión de El azote del diablo, donde aparecerá reflejada la historia de Paola
Czyzewski –interpretada por Bárbara Vélez– y sus padres, que serán
caracterizados por Nazarena Vélez y Fabio Aste.
–¿Qué sentido le encuentran a la película?
Ana: Uno muy importante: es un homenaje a
nuestra hija y a todos los que murieron en ese atentado. No podemos olvidarlos.
Luis: También sirve para que las personas
desarchiven de algún lugar de sus memorias el atentado a la AMIA y que todos
recordemos lo que pasó aquel 18 de julio.
Por Julián Zocchi
A 21 años del Atentado a la AMIA. La historia de Paola merecía una película
16/Jul/2015
Revista Gente, Argentina, Por Julián Zocchi